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Cronica de un viaje al Delta del Sine Saloum, Senegal

La crónica del Delta del Sine Saloum comienza, como no puede ser de otra manera en África, con un viaje infernal, de esos que ponen a prueba la resistencia del viajero y que a mitad de camino hacen que uno ya no sepa si tiene ganas de ir o de quedarse.

Y es que precisamente uno de los puntos débiles de África son las infraestructuras para el transporte, que son tan deficientes, que llegar a cualquier destino se acaba convirtiendo en una aventura en sí mismo.

De este viaje hacia el delta ya rendí sobrada cuenta en el post “El duro camino hacia la isla desierta“, con video incluido en el que intenté plasmar nuestra odisea, aunque puedo garantizaros que la realidad fue mil veces peor, con pinchazo incluido, que ni siquiera aparece en el video porque ya se me habían quitado las ganas hasta de grabar.

Como ya os adelanté, el Delta del Sine Saloum está formado por una red de canales de agua entre los que se esconden más de 200 islas, de entre las cuales nosotros habíamos decidido conocer la isla de Dionewar.

Como es habitual en mis viajes, no suelo llevar hoteles reservados, lo que me da mucha libertad para poder adaptar mi viaje a las circunstancias del momento, pero también en algunas ocasiones me juega malas pasadas, como fue este caso.

Poco sabíamos de la isla de Dionewar cuando nos decidimos a conocerla, digamos que fue casi una decisión improvisada en el último momento la que nos llevó a viajar hasta ella. Para poder llegar hasta la isla, el último tramo del viaje lo tienes que hacer en piragua, pero cuando ya vienes de un montón de horas de viaje y ya no sabes ni a qué hora saliste de tu anterior destino, este último tramo te pone al límite de resistencia. Porque para los que estéis imaginando un plácido viaje en piragua a través de los maravillosos manglares del delta, os tengo que decir que nada más lejos de la realidad. Yo bien creí que la piragua se iba a pique en cualquier momento, porque en ella viajábamos, además de medio poblado local, cuatro turistas, docenas de gallinas, y varias cabras con cuernos afilados que se iban clavando en las piernas durante todo el viaje. Hubo momentos críticos, os lo garantizo, en que yo creía que no llegábamos a la isla.

Pero llegamos, vaya si llegamos. Nosotros sabíamos que había al menos un hotel donde podíamos dormir y según llegamos con nuestras mochilas al hombro y las caras desencajadas de cansancio fuimos a la recepción a preguntar cuánto nos costaba la noche. Imaginábamos que el hotel sería caro, pero habíamos decidido que al menos podíamos darnos un capricho, sobre todo después del sufrimiento del trayecto. Así que habíamos previsto aumentar el presupuesto para las noches que pasáramos en aquella isla. Pero cuándo nos dijeron el precio del hotel las caras se nos quedaron tan congeladas que hasta los recepcionistas debieron darse cuentan de la impresión que llevamos. Dicidimos que de ninguna manera estábamos dispuestos a pagar esa cifra por un hotel, así que tomamos las mochilas y nos fuimos.

Y aquí llegó el problema: de la isla no puedes marchar hasta que no regrese una piragua a buscarte y eso en  África puede ocurrir mañana o dentro de una semana.  Y no intentes que alguien te de una fecha o una hora, es absolutamente imposible, porque en África no hay relojes, es la propia vida la que marca el devenir de las horas. Por otra parte aunque consiguiéramos volver en piragua hasta tierra firme, nos quedarían otras tantas horas en coche para regresar a la civilización, todo ello suponiendo que lográramos encontrar un coche que nos quisiera llevar de regreso.  Ante esta situación solo nos quedaban dos alternativas: dormir debajo de una palmera o pagar lo que fuera por dormir en una cama. Optamos por lo segundo.

Rápidamente nos dimos cuenta de que en la Isla de Dionewar no había nada más que aquel hotel, y cuando digo nada más, es nada más. Estábamos aislados, en una isla en medio del delta de un río, sin posibilidad de marchar y en la que sólo había un hotel donde dormir, eso sí, de lujo. Así que no nos quedó más remedio que tirar de tarjeta de crédito, aunque intentando sacarle el máximo rendimiento posible a aquella experiencia.

Lo cierto es que no todos los días uno tiene una isla entera a su disposición y aquello, una vez pagado había que disfrutarlo. En el hotel estábamos unas 10 personas alojadas, más el personal de mantenimiento que vivía en un pequeño poblado al otro lado de la isla, y eso era todo lo que había.

El hotel era francamente bonito, pero en mi opinión el precio que pagamos, en relación calidad precio, era excesivo. Aunque era espectacular en cuanto a estética, su mantenimiento estaba un poco abandonado, quejas que te puedes permitir cuando estás pagando tanto dinero por dormir una noche.

Lo cierto es que allí pasamos los siguientes tres días hasta que nos recuperamos por completo, relajándonos, bañándonos, leyendo y caminando por la isla cual Robinson Crusoe, disfrutando de los espectaculares paisajes que África ofrece.

Próximamente podréis ver el video de la isla de Dionewar. Mientras tanto algunas fotos más.

 

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