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Jaisalmer: la ciudad dorada de la India

Viajar a Jaisalmer requiere sin duda voluntad por parte del viajero. Alejada de las habituales rutas turísticas de la India, Jaisalmer no aparece fácilmente en el mapa, pues es una de esas ciudades que no se encuentran, sino que se buscan y cuando por fin aparecen te anestesian los dolores del cuerpo, el cansancio del viaje y las penas del alma.

En Jaisalmer definitivamente me reconcilié con la India. Me había enfadado con este país nada más adentrarme en él, más debido a mi propia inexperiencia viajera que a ninguna otra razón. Lo cierto es que el orgullo me impedía reconocer que la India me estaba desbordando. Ni yo estaba preparada para la India ni la India estaba preparada para mí. No fue por tanto un amor a primera vista, digamos que el mío con la India fue uno de esos amores a fuego lento.

Todo me resultaba DEMASIADO: demasiado ruido, demasiada contaminación, demasiada espiritualidad, demasiada gente, demasiado olor, demasiada belleza, demasiada pobreza y sobre todo demasiada suciedad. Yo no esperaba que la India me exaltara los sentidos de esa manera. Dicho de otra forma, este destino se me estaba quedando grande y necesitaba descansar de él.

Fue entonces cuando salí a buscarla, a Jaisalmer, me refiero. Me habían prometido que en la frontera con Pakistan y a las puertas del desierto del Thar me esperaba una ciudad fortaleza digna de cualquier cuento de las mil y una noches, y eso era en aquel momento justo lo que yo necesitaba para recomponerme.

Así que emprendí el largo viaje desde Jodhpur en coche con conductor. Atravesé carreteras infinitas inundadas por el monzón, pasé por pueblos casi abandonados, me crucé con camellos en la carretera, me topé con peregrinos que pedían sus ofrendas …. Y cuando parecía que ya no podía haber más tierra por recorrer, apareció “ella”. Bueno, no apareció, la encontré.

Allí estaba, en lo alto de una colina, toda amurallada, toda dorada, bellísima.

Jaisalmer es una ciudad fortaleza alzada a 80 metros de altura sobre una colina y en el interior de cuya muralla se esconde toda la parte antigua de la ciudad. Fue construida en 1156 por el rajputa Jaisala. Su antiguo esplendor se debe a que constituía un importante punto de paso para las rutas comerciales. Hoy en día, debido al crecimiento del transporte marítimo, ha sido relegada a un segundo plano, pero este inevitable declive no le ha ni restado ni un ápice de su belleza.

Jaisalmer se funde con el color de la arena del desierto, no en vano se la conoce como la ciudad dorada de la India, pues está toda construida en piedra caliza que a la caída del sol toma un color oro.

No hay mayor placer que recorrerla dejándose perder por sus laberínticas callejuelas que se van entretejiendo en el interior de su fortaleza, sin prisa. Disfrutar de sus maravillosos Havelis, (antiguas casas edificadas en piedra por los adinerados comerciantes del siglo XVIII), sus templos, sus balcones finamente esculpidos, su artesanía, sus alfombras de colores… toda ella es un deleite para la vista.

Lo que más sorprende de esta ciudad que no logré encontrar en otras ciudades del norte de la India es su tranquilidad. Jaisalmer invita a la contemplación y al descanso. Su ritmo de vida es lento, casi diría bohemio. Al llegar a ella se acabaron los excesos que había dejado atrás. Ya no había suciedad en las calles, ni caos, ni ruido, apenas tráfico. Jaisalmer es puro misterio.

A la puesta del sol Jaisalmer os regalará el atardecer más bonito que probablemente hayáis visto nunca, para mí sólo comparable al del desierto. Cuando los últimos rayos de sol comienzan a ponerse no olvidéis subir a lo alto de su muralla y contemplar su silueta iluminada por el sol que acentúa aún más su color dorado.

Desde Jaisalmer podéis hacer también una escapada al desierto del Thar, algo de lo que ya os hablé en una anterior entrada y que sin duda recomiendo encarecidamente.

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