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La Historia Imaginaria

Hace apenas unos días me encontraba a la búsqueda y captura por internet de una imagen para mi recién estrenado blog y en esta búsqueda infructuosa apareció, digamos casualmente, una de esas tantas fotografías que inundan la red y la televisión: la imagen de un niño africano desnutrido y moribundo, una de tantas otras.

La fotografía podría haber pasado directamente a la papelera de reciclaje de mi memoria, como muchas otras veces, pero sin embargo, esta imagen, casualmente, lejos de quedar olvidada, me estuvo persiguiendo durante tiempo, casi diría acosando, y por más que yo intentaba resetear mi mente, volvía a aparecer como una bofetada a mi conciencia, esa que tantas otras veces se dedica a mirar hacia otro lado, sin apenas disimulo. La imagen reflejaba la siguiente escena: un niño africano de corta edad, prácticamente bebé, completamente desnutrido, moribundo, tirado sobre el suelo arenoso, y encima de él, pisoteándolo tal que ganado, se podían ver los pies de un hombre. Quizá lo que más me impresionó de la imagen, fue observar en la mirada del niño el reflejo de sentimientos, que como el odio, yo consideraba reservados para el mundo adulto. Esa mirada de terror y odio, la siento clavada en mi retina todavía a día de hoy como si fuera dirigida hacia mí, cosa obviamente, imposible, o eso creía yo.

Desde siempre me han dicho que tengo una especial capacidad de imaginación, y puede ser que fuera mi “imaginitis aguda” la que me llevó a imaginar cómo sería la vida de aquel bebé en un futuro, suponiendo claro está, que tal futuro hubiese existido, cosa, obviamente, altamente improbable.

Seguramente, este niño malogrado, habría nacido en Somalia, un país del este de África, de unos 8 millones de habitantes, con un 94 % de analfabetismo y una esperanza de vida de unos 46-48 años. En ese entorno hostil, esta criatura, hubiese sido, por ejemplo, digo por ejemplo, puesto que todo esto es fruto de mi imaginación, el cuarto de cinco hermanos, en un país con una tasa de fertilidad de 6.7 hijos por mujer.

Es posible que su madre, viuda de guerra, hubiesen tenido que partir junto con sus cinco hijos en busca de agua y comida debido a la fuerte sequia que está desolando el país y que muy probablemente habría matado su ganado, la única fuente de subsistencia de la familia. Supongo también, supongo digo, que la familia habría estado deambulando noche y día durante semanas, buscando desesperadamente un lugar donde poder comer y beber. Muy probablemente, los cuatro hermanos de nuestro protagonista, habrían ido muriendo, uno tras otro, ante la mirada impotente de aquella madre que no puede alimentarlos. En un ultimo intento de salvar la vida del último hijo que le queda, pongamos que la madre hubiera recorrido cientos de kilómetros hasta alcanzar el campo de Dadaab, ubicado en Kenia, cerca de la frontera con Somalia, el más grande campamento de refugiados del mundo, que alberga a unas 400.000 somalís, que como los protagonistas de nuestra historia imaginaria, han tenido que partir de sus hogares en busca desesperada de alimentos.

Desgraciadamente, en nuestra historia, la madre habría fallecido unos kilómetros antes de alcanzar el campamento y, suponemos, que es en ese momento cuando tiene lugar la fotografía que da inicio a nuestra historia, donde nuestro joven protagonista, agonizando de hambre y sed, yace tirado en el suelo, al lado de su madre muerta. Sobre quién es el desalmado que decide pisotear al bebé moribundo, ni lo sé, ni me interesa. Pónganle ustedes nombre si lo desean, pues para este relato carece realmente de importancia.

Por suerte todo esto es una historia fruto de mi imaginación y por tanto podemos darle el final que deseemos y como a mí siempre me han gustado los héroe de telenovela, vamos a suponer que aquel fotógrafo que plasma la escena con su cámara, al que parece que aún queda un trocito de alma entre tanta mugre, decide coger en brazos a nuestra criatura y acercarla hasta el campamento de Dadaab, donde tras meses de larga recuperación, de lucha contra la muerte y la enfermedad nuestro joven protagonista decide vivir, y digo decide, pues a la vista de los acontecimientos imaginarios, parece más un deseo de su voluntad que un deseo del destino, destino que hace tiempo le ha dado la espalda. Este niño, según nuestra historia imaginaria, se habrá criado en un campamento de refugiados, huérfano de madre y padre, sin ningún tipo de familia, analfabeto, sin pasado, presente o futuro.

Vamos a imaginar que a los 15 años decide partir del campamento en busca de un futuro incierto o inexistente. A la salida del campamento se habrá encontrado un país desolado por la hambruna y la guerra, que desde 1991 tiene sumido al país en una total anarquía, asolado por el más absoluto caos y dirigido por señores de la guerra. Este niño, nuestro niño, ya adolescente, que no sabe leer ni escribir, que habrá crecido en un entorno carente de todo tipo de sentimientos, que desconoce lo que es el cariño, que habrá sobrevivido rodeado de odio, hambre, y enfermedad, en un país en el que la vida y la muerte son reversos de una misma moneda, este niño, repito, tratará de encontrar un medio de ganarse la vida. Vamos a suponer, por ejemplo, si les parece, que este niño-adolescente decide ganarse la vida con la pesca, en un país con unos 3.000 kilómetros de costa.

Desde ese momento, nuestro protagonista comenzará a conocer la realidad de aquel país en el que ha tenido la desgracia de nacer. Sabrá entonces, que desde hace más de 20 años, no existe un Gobierno estable que garantice la seguridad en sus aguas, fruto de la guerra civil y la pugna entre sus dos poderes políticos: el Gobierno federal de transición y Alianza por la Liberación de Somalia (ALS). Descubrirá entonces, que la situación de inseguridad y anarquía es aprovechada por los intereses extranjeros (oséase, los nuestros), para comenzar a saquear las riquezas marinas que son las fuentes alimenticias del país y para utilizar las aguas sin vigilancia como vertedero de nuestra basura nuclear y tóxica, procedente de nuestra industria.

Es probable que nuestro protagonista, a esta altura de la historia, acosado por el hambre y por una vida llena de sufrimientos, vida con la que habrá aprendido no a leer pero sí a saber lo que es el odio, el sufrimiento, la muerte, la rabia y la desesperación, decida enrolarse en una de esas “pateras pirata” que se cobran la justicia por su cuenta, y que utilizan la piratería como forma de defensa nacional de las aguas territoriales de su país, cobrando un peaje a todos aquellos otros países ricos (osease, nosotros), que roban su alimentación y contaminan sus aguas.

Muy probablemente nuestra historia terminaría con nuestro niño adolescente, nuestro protagonista, apareciendo en las noticias de medio mundo, como uno de los temibles piratas somalís que atacan brutalmente a uno de nuestros buques pesqueros con objeto de alcanzar una suculenta recompensa.

Y colorín colorado seguramente este cuento se habría terminado en este punto, si no fuera porque aún tengo grabada en mi retina la mirada de odio de nuestro protagonista, que a esta altura de la historia, no me cabe duda ninguna de que iba dirigida a mí. Efectivamente, a mí y hacia todas aquellas personas que como yo en este momento tenemos nuestros culos calientes sentados sobre sofás acolchados, con las neveras llenas de comida, eructando los excesos de la noche, mientras en nuestra televisión de última tecnología vemos la noticia de como unos jodidos piratas somalís atacan nuestros barcos. Pero serán cabrones!..

Por suerte para mi conciencia, y para la de ustedes pueden estar tranquilos, pues todo lo que han leído es solo fruto de mi imaginación.

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