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Los Caminos que merecen la Pena

Hay ciertos caminos que merece la pena recorrer si al final de ellos lo que encuentras da sentido a tu viaje. En pleno desierto del Thar, en la frontera de la India con Pakistan, decidí probar por primera vez en el 2005, la sensación de montar en camello atravesando aquellas dunas infinitas de arena que, a la caída del sol, tornan a un color anaranjado de belleza inigualable.

No sé si alguno de vosotros, fieles seguidores, habéis montado alguna vez a lomos de un dromedario, pero os garantizo que sus andares elegantes, su movimiento lento pero seguro y el ritmo acompasado de sus pasos, hacen que uno se sienta desfilando cual modelo sobre una pasarela, pero en este caso no hay miradas ni piropos, solo un silencio infinito tan sólo roto por el susurro del viento y la caricia de la arena sobre el rostro. Y al fondo de todo esto, la inmensidad del desierto. Esta es sin duda, una experiencia única, que recomiendo.

Ahora bien, quiero advertir que esta sensación solo se rompe cuando uno llega de vuelta al hotel y comienza a sentir un escozor infinito en sus partes traseras, (comúnmente denominadas “culo”), y se da cuenta de que ese vaivén infinito del dromedario ha generado un daño irreparable en su trasero, una herida sangrante provocada por el roce de la gruesa piel del animal. Esto que no deja de ser una anécdota curiosa, se convierte en un verdadero drama si uno tiene que partir inmediatamente a un viaje en tren desde Jaisalmer hasta Agra, de una duración aproximada de 24 horas.

¿Os imagináis tantas horas con el culo sangrante, sin poder sentarse?. Por suerte que cuando uno viaja a estos países lo hace con ciertos privilegios y precauciones y el ticket de primera te garantiza una litera individual, en la que puedes echarte y descansar tus nalgas irritadas. Pero ¡dios mío!, ¡qué viaje!, 24 horas infinitas, recorriendo de un lado a otro, un pasillo de un tren indio, (que para los que no conozcáis los trenes de la India es lo más cercano al infierno que yo conozco).

Al final de tanto sufrimiento, por fin se alcanza el destino y es entonces cuando, volviendo al comienzo de este post, uno se pregunta si ha merecido la pena el largo camino recorrido. En este caso, la respuesta estaba clara, sí, lo merecía. Porque detrás de aquellas colas infinitas, de aquellos interminables controles policiales, del acoso de los falsos guías, justo detrás de la oscuridad de aquel monumental arco de entrada, al viajero le espera, sin saberlo, el monumento más majestuoso que jamás haya conocido la humanidad construido por amor: el Taj Mahal.

Sólo quién haya estado enfrente de esta maravilla podrá comprender la sensación que uno tiene al contemplarlo, pues todas las palabras se quedan cortas al describir el impacto visual que sobre las retinas provoca esta obra sublime.

El Taj Mahal es un imponente mausoleo de mármol blanco, con incrustaciones de piedras semipreciosas, flanqueado por otros dos edificios absolutamente simétricos. Delante, un inmenso patio con jardines y un estanque en el que se refleja su imponente silueta y como telón de fondo el río Yamuna, que completa una escena de por sí perfecta. El blanco inmaculado del mármol se torna sepia si uno tiene paciencia y toma asiento, (siempre que el trasero lo permita), en un de los muchos bancos que rodean el mausoleo, a la espera de los últimos 15 minutos de gloria, pues es a la caída del sol, cuando la escena se vuelve aún más majestuosa si cabe, tornándose el color blanco del mármol a un rosa palo, semejante a las arenas del desierto del Thar, que hace que el viajero no se canse de mirarlo.

Pero no solo son los ojos los que disfrutan de esta belleza, pues el alma se siente inmersa en un ambiente mágico y misterioso que se explica cuando uno conoce la historia que rodea a este mausoleo. Pues cuenta la historia, que en 1607 un joven príncipe de 20 años, Shah Jahan, heredero del imperio Mogol, se enamoró profundamente de una joven persa musulmana llamada Arjumand Bano Begum, a la que conoció en un bazar cuando esta tenía sólo 15 años. El príncipe quedó profundamente enamorado de la joven y tanto es así que en 1612 contrajeron matrimonio en una ceremonia espectacular en la que ella tomó el nombre de Mumtaz Mahal, lo que significa “la perla de palacio”.

Dice la leyenda que fue una de las más bonitas historias de amor jamás conocida y que se truncó cuando Mumtaz Mahal murió al dar a luz a su 14ª hija. En el lecho de muerte Mumtaz Mahal le pidió a su rey que construyera en su memoria un monumento sin igual en el mundo entero, fruto del amor que le tenía. Tras la muerte de su amada el rey cayó en una profunda tristeza y se encerró en su habitación durante ocho días y sus ocho noches sin apenas comer. Tras su retiro hizo el siguiente juramente: Mahal tendría la tumba más hermosa que jamás nadie hubiera soñado a la que llamó el Taj Mahal, en honor a su amada.

La obra fue de tal envergadura que fueron necesarios 20.000 obreros para culminarla y 22 años de trabajo. Los bloques de mármol blanco fueron transportados por más de 1000 elefantes desde las canteras del Rajastán, el jade y cristal desde la china, las turquesas del Tibet, las amatistas de Persia, … todo ello para construir esta sublime obra de mármol y piedras semipreciosas.
Años más tarde uno de los hijos del Shah Janan se sublevó contra él, logrando así el poder y mandó encerrar prisionero a su padre en el Fuerte Rojo, fortaleza situada al otro lado del río, desde donde podía contemplar el Taj Mahal a través de la ventana y donde murió prisionero tras largos años de enfermedad, admirando su obra.

Cuenta la historia que en su lecho de muerte pidió que se le colocara un espejo para ver la tumba de su esposa y se dice que, cuando murió, miraba al Taj Mahal.

Cuando el viajero escucha esta historia comprende que la imponente obra que tiene delante, majestuosa, sublime y perfecta solo puede estar construida por el poder del amor, ¿qué si no?.

A la caída de la tarde, con la mente absorta en esta historia, e invadido por una cierta melancolía, el viajero se olvida de los turistas que le rodean y del dolor de su trasero, y sentado sobre un banco, contempla esta maravilla sin igual, mientras la noche lo tiñe de rosa palo y piensa, que, efectivamente, hay caminos que merecen la pena ser recorridos.

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