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Porque esto es África

Hoy lunes me he cogido un día de vacaciones, lo que se traduce en tiempo libre, aburrimiento, ociosidad, y nuevo post en el zoco loco. Y hago una excepción a mi frecuencia semanal de escritura porque ayer, mientras redactaba mi artículo sobre el Taj Mahal, recordando nostálgicamente estos viajes aventureros que tanto me gustan, me acordé de que tengo una deuda pendiente con mi último viaje a Senegal. No es que fuera precisamente uno de los destinos más recomendables para viajar, pero hay algo de Senegal que sin duda merece una entrada en este blog.

Para los que estéis intentando averiguar de qué se trata, os diré que no es ningún monumento nacional, ningún parque natural, ninguna delicia gastronómica…no, nada de eso. Lo que de verdad merece una entrada en este blog son los “Sept place”, (taxis de siete plazas).  Si alguien quiere sentir África en estado puro solo tiene que subirse a uno de estos bólidos para sentir la adrenalina correr por sus venas. Para los amantes de las emociones fuertes, sin duda una experiencia obligada. De hecho, quien no haya montado en un Sept place no conoce verdaderamente Senegal.

La emoción de un Sept place comienza MUCHO antes de montarse en este vehículo motorizado y digo esto, como veis, haciendo especial énfasis en el adverbio, pues el “mucho” en África es sinónimo de tiempo indefinido. Digamos que la aventura comienza cuando uno llega a la estación de taxis, (la gare routiere, en francés), e impacta visualmente con estos bólidos de cuatro ruedas y la marea humana que les rodea.

Inevitablemente, por más que uno vaya mentalizado de que África no ofrece muchas más alternativas de transporte, la  frase se hace inevitable: “ yo ahí no monto”.  Pues cuando se visualizan las lunas rotas, los espejos retrovisores inexistentes, la chapa completamente abollada y las puertas arrancadas, a uno sólo le queda poner su suerte en manos de Dios o de Alá.

Pero lo bueno comienza verdaderamente cuando uno se acerca al coche, asoma la cabeza por la ventana y visualiza a sus futuros compañeros de viaje y, lo que es peor, el espacio que le han reservado para su cuerpo, en el que supuestamente deberá viajar durante sus próximas seis o siete horas. La relatividad del tiempo y el espacio que ya adelantaba Einstein se hacen aquí palpables cuando uno echa un cálculo rápido, observa sus dimensiones y lanza un “yo ahí no entro” que nadie tendrá en consideración, pues negros fornidos, gordas de dimensiones infinitas, bebés… todo cabe en un sept place.

Entonces echas la mirada arriba, y es cuando te percatas de que la baca del coche se ha convertido en una vaca de verdad, o en un cordero para la cena, o en pescado congelado que irá soltando sus jugos durante el viaje a medida que descongela, pues todo tipo de fauna podemos encontrar viajando en la parte superior del vehículo.

¡Eso sí que es una vaca y no las de aquí!. ¡Rediós!. Y todos viajando juntos, cual arca de Noé, por Dios, que maravilla de la naturaleza, todos unidos, arrejuntaos…

Asumes entonces que no hay escapatoria, que ahí deberás viajar durante siete largas horas y preguntas resignado:
-Bueno, ¿cuándo salimos?
-¿Salir?- Te contesta un negro musculoso.-De aquí no se mueve ni Dios hasta que  no seamos siete.
-Ah, ¿pero es que falta gente?

Por más que miras adentro no ves posibilidad humana de meter una sola mosca más dentro del taxi, pero sí, parece que falta un ocupante. Pues los Sept place deben su nombre precisamente a eso, son siete plazas, en el sentido riguroso de la palabra. Poco importa que los seis ocupantes restantes tengan una media de 150 kilos y que las ruedas del coche hayan perdido su forma redonda debido al peso. Las matemáticas dicen siete y son siete, que para esto los africanos tienen mucha personalidad.

Pero claro, una cosa es esperar por el séptimo y otra cosa es desayunar, comer, merendar esperando….porque en África no existe el tiempo y esto que uno creía una metáfora se convierte en tan real como la vida misma. No hay límites, no hay horarios, solo hay una vida que transcurre y que con su fluir va marcando cada día.  Esto para un Europeo es difícil de comprender y cuanto menos, genera una cierta sorpresa. En África no manda el tiempo, manda la vida y es esta vida la que decidirá si tu Sept place sale hoy por la mañana, hoy por la tarde o si tendrás que hacer noche en espera del séptimo ocupante, salvo que tu generoso monedero, terminada ya la paciencia, decida pagar la plaza que queda por cubrir.

Bien es cierto que la espera, aunque larga, es entretenida porque eso sí, África ofrece mucho, mucho de todo. Vendedores ambulantes con los más insospechados productos, naranjas, frutos secos, niños de la calle en espera de algún turista generoso, mujeres con sus bebés a la espalda,… en resumen, un mosaico de vida y colores que te deja sin palabras.
Y por fin llega él, el séptimo, al que te apetece besar de alegría si no fuera por sus dos metros de estatura y su musculado cuerpo. Se oye un “todos adentro”, y arrancamos. Empieza la aventura.

¡Y qué aventura, por Dios!: carreteras imposibles, calor insoportable, ganas de mear, atascos infinitos, adelantamientos milagrosos, vendedores ambulantes, manos pidiendo por la ventanilla, móviles sonando, el polvo de la carretera en la cara, baches, cuerpos doloridos, ruedas pinchadas….

Cuando llegas al destino prometes que nunca más, pero en el fondo sabes que habrá muchas otras, porque en esta tierra todo puede suceder. Ya lo decía Shakira, señores, esto es África.

Si quieres ver esta historia en video pincha aquí

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