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Primera Parada: Toledo

El zoco loco comienza su temporada viajera. Hace una semana el destino era Toledo: una escapada de fin de semana, con lunes incluido, para visitar esta ciudad y aprovechar a resolver temas burocráticos en Madrid. Realmente yo ya había estado en Toledo con mis padres cuando era pequeña, pero está claro que los ojos de adulto ven diferente a los de niño.

Mi recuerdo de Toledo era no más que las perretas de mi hermano por comprar un arma en una de las tantas tiendas artesanales que ofrece la ciudad, repletas de armamento de todo tipo.

Apenas ningún recuerdo más, solo alguna visión borrosa de las vistas generales de la ciudad desde la carretera que la rodea, acompañada de un sentimiento de “aquí estuve yo”, que se diluye en el tiempo en cuanto intentas recuperarlo. Los recuerdos más nítidos que tengo de mi época infantil son la piscina del hotel Conde Luna en León y Eurodisney en París lo que da una idea de donde focalizaba mi atención. Obviamente el Toledo de adulto es muy diferente al Toledo de niño.

En realidad Toledo más que una ciudad parece una maqueta en miniatura realizada exclusivamente para el deleite del viajero. Uno tarda en convencerse de que aquello que ve no es un escenario de teatro en el que se va a representar una obra medieval, con sus castillos, puentes, príncipes y princesas y uno se sienta en cualquiera de sus rincones a esperar que se abra el telón y comience la obra. Pero no hay obra, solo está la vida fluyendo por sus calles laberínticas, repletas de turistas, especialmente japoneses, con su cámara al acecho de captar la imagen, el momento.

Toledo es fascinante desde cualquiera de sus puntos de entrada, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, igual da que uno comience la ruta desde un sitio o desde otro, cuando crees que ya no puede haber más, Toledo te sorprende con un nuevo monumento, un nuevo rincón. Perderse por sus calles es entrar en otra dimensión temporal, un placer sólo comparable a introducirse en una medina árabe, al acecho de la próxima sorpresa que le depara el siguiente cruce de calles. Tanto da Toledo que uno llega a saturarse de tanta belleza, casi ruega que no haya más, pues ya no sabe hacia dónde dirigir la mirada.

Ya veis que mi temporada viajera comienza con un destino imprescindible, recomendable y sorprendente. Solo advertir a los amantes de la vida nocturna que en eso Toledo no ofrece grandes posibilidades pues por la noche el ambiente decae pero no la belleza.

Andar por Toledo, y en la oscuridad de una noche sin luna como aquélla, es adelgazarse, afinarse hasta quedar convertido en un perfil, una lámina humana, dispuesta a herirse todavía, a cortarse contra los quicios de tan extraña resquebrajadura, es volverse de aire, silbo de agua para aquellos enjutos pasillos, engañosas cañerías, de súbito chapadas, sin salida posible, es siempre andar sobre lo andado, irse volviendo pasos sin sentido, resonancia, eco final de una perdida sombra. Perdida y mareada sobra era yo, cuando de pronto, en uno de esos imprevistos ensanches -brusquedad de una grieta que supone una plaza, codazo de una calleja que hunde un trecho de espacio para el murallón de un convento, una iglesia, un edificio señorial-, se levantó ante mí un desmelenado y romántico muro de yedra, entre la que clareaba algo que me hizo forzar la mirada para comprenderlo. Era una losa blanca, una lápida escrita, interrumpida aquí y allá por el cabello oscuro de la enredadera. El temblequeo de un farolillo colgado a una hornacina me ayudó a descifrar: “AQUÍ NACIÓ GARCILASO DE LA VEGA…” La inscripción continuaba en letra pequeña, difícil de leer, aumentando otra vez de tamaño al llegar a los números que indicaban el año de nacimiento y el de la muerte del poeta: 1503-1536. Y me pareció entonces como si Gacilaso, un Garcilaso de hojas frescas y oscuras, se desprendiese de aquella enredadera y echase caminar conmigo por el silencio nocturno de Toledo en espera del alba. (Rafael Alberti)

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Categorias: Viajes

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