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Un recorrido por el desierto del Thar, en India

En los viajes que uno va realizando a lo largo de la vida siempre van quedando lugares especiales que por extrañas razones van dejando poso en la memoria. El resto se van diluyendo con el tiempo e inevitablemente, aunque uno quiera retenerlos, se escabullen hasta perderse de por vida.

Uno de estos lugares especiales, de los que dejan huella, fue para mí el desierto del Thar. Este desierto, frontera entre la India y Pakistán, se encuentra en el estado indio del Rajasthán, y es un destino que por ninguna razón el viajero debe perderse.

No hace falta decir que la India es un país especial, eso no cabe duda ninguna, fascinante en todos los sentidos, mágica desde cualquier perspectiva, pero también es un destino difícil para el viajero primerizo y sobre todo un destino intenso, muy intenso, hasta el punto de que puede llegar a desbordarnos si no vamos lo suficientemente preparados. La India es inmensa en todos los aspectos, en su belleza, en su misticismo, en su religiosidad, en sus colores, pero también lo es en lo malo, ruidosa, bulliciosa, tumultuosa, y eso, va pasando factura al turista, ávido de cierta paz y relax. Y justamente en este punto de mi viaje a la India me encontraba, ya necesitada de un cierto descanso, cuando decidí acertadamente viajar hasta el desierto del Thar, que resultó ser el oasis de paz y silencio que yo necesitaba en aquel momento para desconectar del intenso frenesí de la vida hindú.

Por todas estas razones y por supuesto por su belleza y autenticidad, el desierto del Thar acabó siendo, casi me atrevería a decir, lo mejor de la India.

Pero vamos con la crónica del viaje.

Para visitar el desierto del Thar es necesario viajar hasta la ciudad- fortaleza de Jaisalmer, que ya en sí mismo, merece el viaje y un post en exclusividad en este blog, que sin duda, algún día escribiré. Solo deciros de Jaisalmer que se la conoce como la ciudad dorada, pues ese es el color con el que se tiñen sus murallas de piedra en las puestas de sol. Por el momento, en el relato de hoy, Jaisalmer pasa a ser solo un lugar de parada obligada para adentrarnos en el desierto de Thar, pero algún día tendrá el protagonismo que se merece con entrada propia  en este blog.

Para alcanzar la ciudad fortaleza de Jailsalmer, en mi caso, contraté un coche con conductor. Podría haber llegado por tren desde la ciudad de Jodhpur, pero en ese momento las intensas lluvias del monzón cortaron toda posibilidad de acceder por tren, por lo que me decidí a contratar un coche. Fue sin duda un acierto, puesto que salvo al final del trayecto, que tuvimos que desviarnos por otras rutas debido a las inundaciones, pude llegar sin ningún problema a esta impresionante fortaleza.

En Jaisalmer es fácil encontrar modestas agencias hindús que te organizan el viaje al desierto del Thar. Se puede optar por contratar una excursión de un día o incluso pasar noche en el desierto, pues hay varios campamentos que permiten esta opción. En mi caso me decanté por la primera alternativa, hacer una excursión de un día para conocer el desierto.

Salimos en 4×4 desde Jaisalmer y llegamos a un punto donde nos esperaban los camellos y sus “conductores”. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que los susodichos eran un padre y su hijo, de unos 10 años de edad, los que iban a guiarme en mi excursión por las dunas. Resultó ser la mejor compañía posible, pues babu, el niño con el que yo viajaba en el camello, además de ser un gran guía, era muy cariñoso y con una mirada que solo escondía nobleza.

Una vez subidos al camello, cosa no tan sencilla como parece, comenzamos la ruta, cuyo destino final eran las dunas del kuri. Yo nunca me había subido a un camello en mi vida y resultó ser para mí una experiencia única y totalmente recomendable. Bien es cierto, que lo que yo no sabía entonces es que aquel suave y continuo vaivén del camello que en aquel momento me resultaba de lo más exótico, acabaría provocándome una herida sangrante en el culo que al día siguiente me amargaría por completo el viaje. Pero eso ya es otra historia.

El paisaje se volvía cada vez más desértico y de una belleza inmensa, y esto combinado con el caminar lento y silencioso del camello contribuía aún más a disfrutar de las inigualables vistas. Para los que no hayáis estado nunca en el desierto os puedo asegurar que la primera vez impone, supongo que de una manera parecida a quién contempla el mar por primera vez. Al menos en mí tuvo ese efecto.

Lo cierto es que en aquel momento y en medio de la inmensidad del desierto, rodeada de arena y a lomos de aquel enorme camello me sentía por lo menos Lawrence de Arabia.

A lo lejos comenzamos a visualizar un pequeño poblado al que nos íbamos acercando y que se convertiría  en nuestra siguiente parada. Alcanzamos el pueblo y visitamos alguna de las casas/cabañas hechas de barro en las que habitaban unas pocas familias, lo que a mí personalmente me dejaría verdaderamente impresionada, por lo recóndito del lugar, por lo dura que debía ser allí la vida, pero sobre todo por la humildad de aquella gente y su inmensa amabilidad.

Allí en aquel poblado, en medio de la nada, me compré un gran tapiz hecho a mano, que además de adornar actualmente el salón de mi casa, mantiene vivos mis recuerdos cada vez que lo contemplo. Para cerrar la negociación del precio de aquel tapiz recuerdo que me ofrecieron una Coca Cola, sí, Coca Cola en medio del desierto, donde por no haber, no había ni agua. Eso sí, no me la pude beber porque la botella estaba completamente oxidada. Me llamó especialmente la atención la cantidad de niños que había en el poblado, alguno de ellos de muy corta edad, que nos seguían a donde quiera que fuéramos con su inmensa sonrisa.

Aquella visita me dejó marcadísima, y aún a día de hoy lo recuerdo como uno de los momentos más impresionantes de mis memorias viajeras.

Continuamos viaje, con mi nuevo tapiz a lomos del camello y finalmente alcanzamos las dunas del kuri que resultaron ser verdaderamente espectaculares. Montículos de arena casi virgen, con formas increíbles moldeadas por el viento, las dunas son el punto álgido del viaje, en las que uno puede correr y saltar entre la arena. A la par, el sol se va poniendo, lo que permite contemplar una de las puestas de sol más bonitas que yo haya visto jamás.

Y así, finalmente, después de un día mágico, tocaba retirada, dejar atrás el silencio del desierto y volver a la vida en la ciudad, con una cierta melancolía y una sensación agridulce de que lo que acababa de vivir, seguramente sería irrepetible.

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